
Durante mucho tiempo nos han enseñado a pensar que una relación bonita depende, principalmente, de encontrar a la persona correcta. Alguien emocionalmente disponible, que sepa comunicarse, que nos dé tranquilidad, que sea compatible con nosotros y que no active constantemente nuestros miedos.
Y sí, la persona con la que construyes una relación importa. ¡Mucho! No podemos construir un vínculo saludable con alguien que no quiere comprometerse, que no respeta nuestros límites o que no está dispuesto a construir una relación de manera recíproca.
Pero hay una parte de la historia de la que no hablamos: incluso cuando encuentras una buena pareja, necesitas desarrollar habilidades para construir y sostener una buena relación. No se trata solo de tu pareja, sino también de que tú tengas la capacidad de relacionarte sanamente y ser ese lugar seguro para tu pareja, así como tú también esperas encontrar un lugar seguro en el otro.
Cuando ya no solo te enfocas en encontrar a una pareja con ciertas características, sino que te preguntas ¿qué habilidad necesito desarrollar yo para construir la relación que quiero?, cambia el lugar desde el que miras tus relaciones. Ya no se trata únicamente de encontrar a alguien que no active tus heridas, sino de convertirte también en una persona capaz de construir un vínculo diferente. A eso le llamamos responsabilidad emocional.
Una relación sana también implica tolerar la vulnerabilidad
Estar en una relación significa exponerte emocionalmente a otra persona. Esta exposición es natural y necesaria para crear una verdadera conexión, pero hacerlo puede dar miedo y tu sistema reacciona de la forma en que aprendió a sentir seguridad desde tus primeras experiencias de amor y cuidado en tu familia.
En la familia aprendimos qué significaba estar cerca de alguien, cómo se resolvían los conflictos, cómo se expresaban las emociones y, en algunos casos, también aprendimos a protegernos de ellas. Por eso, cuando llegamos a una relación de pareja, no empezamos desde cero: llegamos con una historia, unas creencias y unas estrategias que hemos utilizado para sentirnos seguros cuando se trata de amar. Quizás puedas reconocerte en alguna de estas dos estrategias de protección que pueden aparecer dentro de las relaciones: la hipervigilancia y la hiperindependencia:
| Hipervigilancia | Hiperindependencia |
| Aprendiste a controlar para sentirte segura, a estar pendiente de los cambios en el comportamiento de los demás para anticiparte a lo que podría ocurrir y exigir certezas porque no toleras no saber qué está pasando. Puedes terminar vigilando porque tienes miedo de perder a la otra persona. | Aprendiste a no pedir ayuda porque era mejor resolver sola que sentir que molestabas a alguien, a callar lo que necesitas o esperar que tu pareja lo adivine porque pedirlo directamente te hace sentir vulnerable y mostrarte así no siempre se sintió seguro. Puedes terminar alejándote porque tienes miedo de depender. |
Estas estrategias las aprendiste para sentirte más segura y pueden haberte funcionado para protegerte, pero al mismo tiempo pueden terminar dificultando justamente aquello que deseas construir: una relación cercana, recíproca y emocionalmente segura.
Si estás utilizando alguna de estas estrategias, no necesariamente significa que no sepas amar. Las aprendiste y te ayudaron a adaptarte a un contexto que te llevó a desarrollarlas, pero quizás hoy ya es tiempo de aprender nuevas formas de relacionarte.
Para ello, primero debemos aceptar una realidad: cuando permites que alguien te importe, también aparece la posibilidad de que pueda decepcionarte, rechazarte, lastimarte o no responder como esperabas. No es posible construir una relación profundamente conectada intentando eliminar por completo el riesgo emocional. Necesitas aprender a sentir miedo sin dejar que el miedo decida por ti.
Habilidades para construir una relación sana
Una relación sana no se sostiene únicamente con amor, buenas intenciones o compatibilidad. También necesita que ambos sepan comunicarse, regular sus emociones, negociar diferencias, tolerar cierta incertidumbre, pedir lo que necesitan y aprender a confiar. Y nadie nace sabiendo hacer todo esto.
Aquí te presento 4 pilares principales que abordo con mis consultantes:
De controlar a confiar
Una de las primeras habilidades que necesitamos desarrollar dentro de una relación es aprender a diferenciar entre lo que podemos controlar y aquello que no. Por eso, cuando hablamos de confianza, no nos referimos únicamente a confiar en tu pareja, sino a aprender a aceptar la incertidumbre que acompaña toda interacción humana.
No puedes controlar las decisiones de tu pareja, sus pensamientos, sus emociones ni todas las circunstancias que ocurrirán dentro de la relación. Sin embargo, cuando aparece el miedo, es fácil intentar recuperar seguridad recurriendo a tus estrategias automáticas aprendidas.
El problema es que esa búsqueda de seguridad puede reducir la ansiedad durante un tiempo corto, pero no necesariamente construye confianza. Enseñarle a tu sistema a confiar no significa cerrar los ojos y esperar que todo salga bien. Significa aprender a tolerar una parte de incertidumbre porque es natural y no necesariamente peligrosa.
Esta habilidad no consiste en dejar de sentir miedo, sino en poder sentirlo y, aun así, elegir una respuesta diferente porque el tipo de relación que buscas construir pesa más que la incomodidad que genera hacerlo.
Una pregunta puede ayudarte a detener el piloto automático es: ¿Lo que estoy a punto de hacer va a cuidar realmente nuestra relación o solamente está intentando disminuir mi ansiedad en este momento?
De las expectativas a los acuerdos
Otra dificultad frecuente que aparece cuando entramos en una relación es mirar a tu pareja desde las expectativas y no desde su realidad. Esperas que la otra persona se comporte de acuerdo con una idea que tienes en tu cabeza sobre cómo debería ser una pareja, así que la otra persona termina rindiendo un examen que ni siquiera sabe que existe.
En lugar de eso, necesitas abrirte a verla tal como es para poder determinar con mayor conciencia si sus diferencias son compatibles o negociables. Una relación no se construye con una persona imaginaria, se construye con alguien real, que tiene una historia, necesidades, valores y maneras diferentes de expresar amor. Por eso una relación sana necesita acuerdos.
Un acuerdo no significa que uno de los dos tenga que someterse a las necesidades del otro. Tampoco significa conseguir que la pareja haga exactamente lo que queremos. Significa preguntarse: Con lo que tú necesitas y con lo que yo necesito, ¿qué podemos construir juntos?
Esto requiere flexibilidad cognitiva. Por ejemplo, puedes necesitar sentir conexión con tu pareja durante el día y pensar que la única manera de conseguirlo es que te escriba constantemente. Pero la necesidad emocional y la conducta concreta no son necesariamente lo mismo.
Quizás debajo de ese pedido existe una necesidad de conexión, seguridad o cercanía. Cuando logras identificarla, puedes abrirte a otras formas en las que esa necesidad podría ser cuidada desde las formas que tiene tu pareja para hacerlo. Eso es flexibilizar: dejar de convertir nuestras necesidades en una lista de instrucciones sobre cómo debe comportarse el otro.
En algunos casos, las diferencias pueden ser incompatibles. No todos los problemas tienen solución mediante acuerdos. Pero para descubrirlo primero necesitas conocer a la persona que realmente tienes enfrente y no intentar encajarla en un molde que tienes en mente.
De defenderte a regularte
Otra habilidad necesaria es aprender a diferenciar entre sentir una emoción y actuar desde ella. Cuando te sientes herida, rechazada, amenazada o frustrada, tu sistema emocional intenta protegerte. Puedes atacar, reclamar, retirarte, controlar, justificarte o intentar demostrar que tienes razón. Esas reacciones consiguen algo: disminuye momentáneamente la intensidad de lo que estás sintiendo, pero también puede deteriorar la relación.
Regularte no significa dejar de sentir rabia, miedo, tristeza o frustración. Significa poder hacer una pausa entre lo que sientes y lo que haces con eso que sientes.
Puedes empezar preguntándote:
- ¿Qué estoy sintiendo
- ¿Qué necesito?
- ¿Qué quiero conseguir con mi respuesta?
No toda emoción necesita una solución inmediata. A veces primero necesitas sentirla, transitarla y comprender que no es eterna. Necesita un espacio para solo estar, antes de decidir qué hacer.
Por eso, la regulación emocional es mucho más que aprender ejercicios para relajarte. También implica conocerte, reconocer tus umbrales emocionales, identificar qué activa tus emociones y aprender a responder de acuerdo con lo que realmente quieres construir.
De callar a comunicar
Esta es una de las habilidades más básicas y de las que más se habla, pero, al mismo tiempo, una de las más difíciles: aprender a hablar de lo que necesitas.
Muchas personas esperan que su pareja lo sepa por «sentido común»: «Si me conoce, debería darse cuenta.» «Si tengo que pedírselo, ya no tiene sentido.» «No quiero enseñarle cómo tiene que quererme.»
Pero tu pareja no tiene acceso directo a tu mundo interno. Puede amarte profundamente y aun así no saber qué estás sintiendo, qué necesitas o qué significado tiene determinada situación para ti.
Comunicar no significa enseñarle al otro cómo debe quererte. Significa darle información y contexto emocional para que pueda conocerte mejor y así decidir cómo puede participar en tu mundo emocional.
Puedes empezar diciendo:
- «Esto me dolió.»
- «Esto necesito de ti.»
- «Para mí es importante que…»
- «Cuando ocurre esto, me siento…»
- «No necesito que soluciones esto todavía. Necesito que me escuches.»
Por supuesto que hablar no garantiza que la otra persona responda exactamente como quieres, pero callar tampoco construye la relación que deseas. Comunicar permite poner información sobre la mesa para que ambos puedan decidir qué hacer con ella.
Antes de desarrollar nuevas habilidades necesitas comprender tus heridas emocionales y reconocer los patrones que hoy influyen en tus relaciones. Pero esto tampoco basta por si solo. Comprender por qué haces algo no siempre significa saber hacerlo diferente. Puedes entender por qué te cuesta confiar y aun así seguir controlando. Allí es donde entra la construcción de habilidades, cuando realmente llevas todo ese autoconocimiento a las acciones que traen cambios para hackear tu sistema y crees otra forma de relacionarte.
Estas habilidades no se desarrollan de un día para otro. Requieren autoconocimiento, práctica y, muchas veces, un espacio terapéutico donde puedas entender qué ocurre contigo y aprender nuevas formas de responder.
Una relación sana no se encuentra. Se construye. Y aprender a construirla también es parte de sanar.